He tratado de entender cosas por las que algunos se apasionan, como Scorsese y sus películas o Silvio Rodríguez y sus canciones, pero no me tocan. En una ciudad fría en ambiente e indiferente en persona, disfrutar de la vida es un reto. No porque sea difícil, mas bien por la ceguera o a veces simple miopía/astigmatismo.
Tan cerca y tan invisible. Risas, verde y luz, un cuadrado de extraños que crían a la siguiente generación mezcolanza de borrachos, empresarios, corruptos, filántropos
Gritos, agitación y música. Un boliche de jolgóricos a la caza de pasión ebria para olvidar la tensión de aprender y buscar trabajo o trabajar y buscar estabilidad. Tinta, polvo y silencio. Un recinto de cazadores y tramposos que se alimentan de palabras sin saber por qué.
En busca de trascender, no podemos entender los antagonismos y las ironías que nos rodean. Hoy miramos extasiados una flor que mañana pisamos con la excusa del espectáculo del flor-clore. Ayer desgarrados obsequiamos un centavo y hoy desdeñantes insultamos los olores personales de la pobreza.
Desde ver una película hasta evitar el olor que insinúa la falta de baño, todos los días ignoramos el esfuerzo de vivir. Buscamos algo que nos haga olvidar la simpleza y el castigo, el dolor y la bondad. Lo hacemos por una sencilla necesidad que hemos inventado: Hallar una razón para vivir que convierta la vida en algo más que el tiempo que nos falta hasta morir.